Carlos Ortega Movillo:
La sanidad de la república en Asturias durante la guerra civil


ISBN: 978-84-8367-498-7
Medidas: 115x165 mm.
Páginas: 457
Fecha de publicación: septiembre de 2015


29,95 € -

Otros Títulos

La intención de La Sanidad de la República en Asturias durante la Guerra Civil es documentar y analizar las difíciles condiciones en las que el gobierno republicano asturiano hubo de afrontar tanto la asistencia de los heridos de guerra como los problemas sanitarios de la población civil agudizados por el conflicto. El aislamiento del norte del resto del territorio leal determinó una escasez crónica de recursos materiales y personal facultativo. Se crearon numerosos hospitales de sangre pero escasamente dotados y servidos por escasos cirujanos y traumatólogos que son las especialidades más requeridas en la medicina de guerra. Enfermedades infecciosas como el tifus, la tuberculosis y las venéreas conocieron repuntes importantes en medio de las carencias alimenticias y el exceso de población por la acogida de refugiados. Sin embargo se ha de valorar suficientemente el establecimiento de una organización sanitaria en medio de la dispersión del poder político del inicio de la guerra y de los conflictos de competencias entre distintas organizaciones.

El trabajo incluye una relación detallada de los hospitales de sangre que funcionaron en Asturias y la ficha individual de los médicos que sirvieron en ellos.

Resumen de la obra
La sanidad de la República en Asturias durante la Guerra Civil


RESUMEN Y CONCLUSIONES


El trabajo consta de tres partes bien diferenciadas. La primera se ocupa de las muy difíciles condiciones en las que el gobierno republicano de Asturias tuvo que afrontar tanto la asistencia a los heridos de guerra como los problemas sanitarios de la población civil agudizados por el conflicto, ordenándose la información de acuerdo con las distintas Fases de la guerra que se han propuesto. La segunda parte recoge bajo el título de Hospitales de sangre una relación detallada de los 46 hospitales militares que llegaron a funcionar en la región, así como de otros 69 centros sanitarios muy diversos. Finalmente, el apartado Médicos militares incluye en forma de ficha individual toda la información disponible sobre los 245 médicos que sirvieron a la sanidad republicana asturiana.


1.
El mapa de la España leal a la República queda dividido en dos porciones de territorio separadas desde el mismo inicio de la guerra. En el norte permanece una estrecha franja desde Asturias al País Vasco cuyas comunicaciones con el resto para aprovisionamiento sólo son posibles a través del mar Cantábrico, sometido al azar del bloqueo marítimo. La conexión disponible por tierra con Francia se corta tras la caída de Irún, a poco más de un mes del comienzo de la contienda y agrava el problema. Esta situación de aislamiento va condicionar el desarrollo de la guerra en el norte y a determinar las enormes dificultades materiales sentidas.

A lo anterior debe añadirse que Asturias debe atender con suministros a una población de refugiados cada vez más numerosa y asentada sobre un territorio progresivamente reducido. Al inicio de la guerra debido al rápido corrimiento del frente occidental desde Galicia y con mayor importancia desde el oriente de la región en los cuatro meses finales, tras la pérdida del País Vasco y Cantabria y el estrangulamiento del espacio.


2.
Ha de encarecerse suficientemente que el esfuerzo bélico al inicio de la guerra hubo de improvisarse y sustentarse en milicias voluntarias que debieron enfrentarse a la organización regular del ejército sublevado. Del mismo modo debemos recordar que el peso de la asistencia en el frente fue asumido en esos primeros momentos, también desde su libertad, por una minoría de médicos muy comprometidos con el Frente Popular que acompañaron a las primeras columnas de milicianos.

El rápido avance de los sublevados desde Galicia obliga tempranamente, a principios de septiembre de 1936, a la militarización de las milicias. En cuanto a la sanidad el proceso es posterior y todos los médicos y practicantes quedan militarizados desde 31 de octubre de 1936. Debe advertirse que la gran ofensiva de octubre sobre Oviedo hubo aún de desarrollarse con una sanidad basada en facultativos voluntarios.


3.
Desde la perspectiva sanitaria una guerra es una epidemia de heridos, un incremento de damnificados que debe atenderse recabando todos los medios materiales y el personal facultativo preciso pero la guerra civil en Asturias hubo de acomodarse a una escasez de ambos. El porcentaje de médicos en la población era la mitad que la media de España y su grado de especialización, como correspondía a la época, muy escaso. Entre los 250 médicos militarizados sólo se contaba con 14 cirujanos y 3 traumatólogos, las especialidades más precisas en la medicina de guerra. Es frecuente la reclamación recíproca de cirujanos entre Asturias y el resto del norte republicano que sentían también esa misma necesidad. Igualmente es notoria la escasez de personal de enfermería que se intenta paliar tardíamente a través de cursillos preparatorios. Debemos imaginar la angustia en los hospitales ante la llegada masiva de heridos en las grandes ofensivas, como en octubre de 1936 y febrero de 1937.


4.
A lo largo del mes de agosto de 1936, a menos de un mes del comienzo de la guerra, ya se sufren carencias importantes del material sanitario más elemental que continuaron crónicas hasta el final. Se intentaron paliar por todos los medios imaginados: compras, solicitudes a la población, requisas, adaptación de industrias a las necesidades de la guerra… pero siempre lastrados por la dificultad de suministros a una región aislada. La escasez de alimentos llegó a ser muy aguda en algunos momentos como en febrero y marzo de 1937, afectando a los mismos hospitales y también la de artículos tan indispensables como el jabón.


5.
Hacia septiembre de 1936, la extensión de enfermedades infecciosas como el tifus, la tuberculosis y las afecciones venéreas, exige tomar medidas para evitar su propagación.

La concentración de la población favoreció la propagación epidémica de enfermedades infecciosas como el tifus, transmitido por piojos, y se ordenaron desparasitaciones desde septiembre de 1936. A pesar de ello, el problema alcanzó enorme gravedad en abril de 1937 al no disponer de suficiente vacuna antitífica ni del material para prepararla en el Instituto de Higiene Militar de Gijón. En esta misma población el Hospital Militar Nº8 instalado en Somió se dedicó exclusivamente a acoger a pacientes con esta enfermedad.

Repunta igualmente la tuberculosis, favorecida por la alimentación deficiente. A lo largo de septiembre de 1936 se crean hospitales antituberculosos en Mestas de Ponga, Infiesto, Caravia la Alta y Póo, y más tarde en Pendueles, además de otros centros en Gijón y Covadonga, lo que da idea de la extensión de esta “peste blanca”.

No menos importante fue la extensión de las enfermedades venéreas, tanto en el frente como en retaguardia, problema muy preocupante por las bajas que causa en los combatientes. Se comienza a actuar en distintas direcciones desde septiembre de 1936 y se adecúa el balneario de Fuensanta para internar a los enfermos pero el recrudecimiento de estas enfermedades obliga en febrero de 1937 a crear un Cuerpo de investigadores de fuentes de contagio.


6.
El drenaje de los escasos recursos sanitarios disponibles hacia las necesidades de la guerra provocó carencias importantes en la asistencia a la población civil. El hospital provincial instalado en Covadonga fue insuficiente y aunque al final se pensó en un hospital central en Gijón, el proyecto nunca se llegó a materializar.

7.
Con el inicio de la guerra se asiste a la creación de un gran número de hospitales de sangre - en su mayoría escasamente funcionales - por los comités de guerra locales y organizaciones como el SRI (Socorro Rojo Internacional) y otras. Lo mismo sucedía en el resto de la España republicana como expresión de la dispersión del poder político en esos momentos y el deseo de la población civil de contribuir a aliviar el sufrimiento de los combatientes heridos. El Comité Provincial del Frente Popular legisla desde octubre de 1936 para suprimir los hospitales de menor tamaño con objeto de optimizar el escaso personal sanitario y centralizar las ayudas recibidas de la población pero encuentra una enorme resistencia a la cesión de poder. El problema continuaba todavía a principios de 1937 y el nuevo consejero de sanidad debe perseverar en el cierre de hospitales aunque la cuestión sólo se resuelve definitivamente en febrero de 1937 tras la militarización de los hospitales de sangre. Quedan finalmente 40 hospitales militares instalados en grandes centros escolares y fincas incautadas a sus propietarios, con una capacidad total de unas 8.000 camas.


8.
En el vacío de poder existente al principio de la guerra, distintas organizaciones acapararon espacios de gestión que más tarde cuando se constituye una estructura administrativa regular se resistieron con denuedo a ceder. Es el caso del SRI (Socorro Rojo Internacional), una organización en la órbita del Partido Comunista y dedicada a ayudar a la población que es renuente a acatar las disposiciones del Comité Provincial del Frente Popular a la vez que entra en conflicto de competencias con otras organizaciones como la Cruz Roja. Recordar que el recelo ante la extensión del poder de los comunistas lleva a la crisis de diciembre de 1936 del gobierno asturiano.


9.
Desde el punto de vista administrativo, la asistencia sanitaria en el frente y el transporte de heridos a retaguardia dependió en los primeros meses del Departamento de Guerra dirigido por Juan Ambou del Partido Comunista, mientras que la gestión de los hospitales de sangre y la sanidad civil fueron responsabilidad del Departamento de Sanidad a cargo de Joaquín Fernández Posada de Izquierda Republicana. Tras la crisis del gobierno asturiano en diciembre de 1936 es Belarmino Tomás, Gobernador de Asturias, quien pasa a desempeñar la cartera de Guerra y se nombra a Ramón Fernández Posada de las Juventudes Libertarias para el Departamento de Sanidad en el nuevo gobierno. Pero a finales de enero de 1937 y en cumplimiento de una orden del Ministerio de la Guerra se militarizan los hospitales de sangre, de tal manera que a partir de este momento y hasta el final de la guerra el Departamento de Sanidad sólo se ocupará de las cuestiones de sanidad civil.


10.
El ambiente de los últimos momentos de la guerra en Asturias es “pésimo” en palabras de su máxima autoridad política. Se toma conciencia, algo tardía, de las numerosas personas útiles para combatir pero que permanecen “emboscados” en la retaguardia, amparados en certificados expedidos por tribunales médicos demasiado benévolos y se crean entonces comisiones depuradoras. Pero a cuatro meses del final y tras la pérdida del País Vasco tiene lugar el intento de fuga del director de los hospitales militares y presidente del Tribunal médico. Dos meses después, con la caída de Santander y el frente de guerra en nuestra frontera con la región vecina ocurre la fuga al completo del nuevo Tribunal médico recién nombrado junto con destacados cargos del gobierno asturiano. Se supone fácilmente el efecto desmoralizador de tales hechos que parecían confirmar el recelo sentido desde el principio con la clase médica.

Aunque la mayoría de los médicos simpatizaba con los sublevados era obligado contar con sus conocimientos profesionales para ganar la guerra. Llegaron a los tribunales denuncias a médicos por negligencia, desatención a los enfermos o aún de acciones deliberadas de atentar contra la vida de internos heridos en los hospitales pero siempre fueron sobreseídas por falta de pruebas.