Santiago Melón Fernández:
Obra completa


ISBN: 978-84-95401-86-1
Medidas: 12 x 17 cm
Páginas: 1.328
Fecha de publicación: Oviedo, 2002


60 € -

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Prólogo a la edición, por Juan Ignacio Ruiz de la Peña

La relectura de la Obra escrita de Santiago Melón, reunida ahora en el presente volumen, me trae el recuerdo reciente de una preciosa pieza literaria en la que se hace el elogio, casi póstumo, de una especie social en vías de extinción. Me refiero al discurso de Doris Lessing con motivo de la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras en su edición del pasado año, tan distante en la forma y en el fondo de lo que suelen ser esos alegatos de circunstancias, cantos de pompa y ceremonia, en el que la autora rinde homenaje a la figura del «hombre culto».

Lo que siempre estuvo muy claro para quienes durante mucho tiempo gozamos del privilegio de su amistad lo estará también desde ahora para quienes lean las páginas de este libro. A saber, que Santiago Melón Fernández era, ante todo, un hombre culto. Lo era por su educación humanista, por su curiosidad intelectual, por su vasta formación y claridad de juicio y, en fin, por una suerte de rara elegancia espiritual que es ya, por desgracia, patrimonio de muy pocos, cada vez menos.

Otro rasgo contribuye a perfilar el singular talante intelectual del querido compañero. Universitario cabal «afirmo sin reservas que era una de las mentes más lúcidas de su amada Universidad de Oviedo», Santiago vivió siempre al margen de apremios académicos, sobrevolando el gregarismo «iba a escribir garbancerismo» que de un tiempo a esta parte parece haberse instalado en muchos ámbitos de nuestra primera institución docente. Ese distanciamiento de lo que él «y otros como él pensamos» consideraba adjetivo o coyuntural en la vida universitaria, volviendo los ojos a una tradición de inteligencia, laboriosidad y enseñanza que debe ser, y cada vez parece que lo es menos, el nutriente esencial de esa vida que era la suya, le llevó a instalarse en una especie de insobornable y espléndido aislamiento localista que en modo alguno significaría desentendimiento de los problemas de una institución a la que dedicó lo mejor de sus raros talentos. Baste recordar que buena parte, quizá la mayor y mejor parte de la obra de Santiago Melón, está dedicada a la historia de «su» universidad, de la Escuela Ovetense; y vio la luz inicialmente en publicaciones universitarias o parauniversitarias: la prestigiosa revista Archivum, de la facultad de filosofía y letras, luego fragmentada en varios centros de taifas; Ástura, aventura editorial que iniciamos en 1984 un grupo de compañeros universitarios y que contó entre sus asiduos y más responsables colaboradores con Santiago, animador de las inolvidables tertulias que seguían a las heterodoxas y animadas reuniones de nuestros consejos de redacción; el propio Servicio de Publicaciones de la universidad ovetense, del que el querido amigo sería diligente director por breve tiempo (1984-86), cediendo a mi insistente solicitud (yo era entonces titular del vicerrectorado del que dependía aquel servicio), daría amparo editorial a dos volúmenes de Santiago Melón: El viaje a América del profesor Altamira (1987) y una serie de artículos reunidos en 1998 bajo el título Estudios sobre la Universidad de Oviedo. En diversos volúmenes de congresos, homenajes y publicaciones varias de la universidad también fueron frecuentes sus comparecencias.

Tampoco la voluntaria reclusión de Santiago en el reducto cada vez más íntimo de la tertulia o el refugio doméstico, en una geografía urbana que se achicaba más y más hasta quedar casi reducida, al final, a los aledaños de su casa y la obligada presencia docente en su facultad de económicas, iba a suponer falta de compromiso o desentendimiento de las demandas de una sociedad cada vez más cambiante y sin duda más alejada de la que a él «y a otros que como él pensamos» le hubiera gustado formar parte. Revistas ovetenses de tan merecido prestigio como Los Cuadernos del Norte, Clarín o La Revista asturiana de economía contaron con excelentes trabajos de Santiago Melón que, por otra parte, tampoco fue ajeno al cultivo de los estudios asturianistas: de hecho buena parte de su obra constituye una aportación notable al ámbito de la cultura regional asturiana y el propio Instituto de Estudios Asturianos cuenta en su fondo editorial con varios trabajos suyos, como el innovador estudio sobre Un capítulo en la historia de la Universidad de Oviedo (1883-1910), publicado en plena juventud (1963), o la cuidada edición de La Poesía (en bable) de José Fernández Quevedo, que ve la luz en 1972 con una amplia introducción en la que el editor expone y argumenta garbosamente su personal posición sobre el problema del regionalismo y la lengua de Asturias.

Los escritos que se reúnen ahora en este volumen encierran muchas de las claves para la comprensión de la singular personalidad de su autor, como hijos suyos que son. Y son además, carentes ya del calor humano de su presencia y de su magisterio, la preciosa herencia que nos deja el hombre culto que fue Santiago Melón: el fruto de un trabajo que concibió siempre no tanto como obligada exigencia de su condición de profesor universitario «era catedrático de historia económica» sino como respuesta a una personal curiosidad intelectual con unos polos de interés muy claramente definidos por los propios gustos. Porque Santiago escribió siempre despacio, morosamente, seleccionando cuidadosamente los temas, sin ceder a esas demandas apremiantes que suelen traducirse en una inevitable baja de calidad o falta de nervio teórico del producto elaborado bajo esas condiciones. Escribía de lo que quería, cuando quería y como quería, privilegio por el que muy pocos están dispuestos a pagar la factura del ostracismo académico y de una cierta suerte de marginación de la comunidad científica del ramo correspondiente.

La relectura de los trabajos de Santiago Melón, con la perspectiva que da su oferta conjunta, sugiere, o al menos me sugiere a mí, algunas reflexiones que trataré de resumir ahora.

No se trata, por fortuna, de una producción extensa, farragosa y gregaria de una especialización que, por eso mismo, hubiera limitado inevitablemente el número de sus eventuales lectores. Es cierto que no faltan en ella, no podían faltar, trabajos de neto corte académico: su memoria de licenciatura sobre Un capítulo de la Universidad de Oviedo, ya citada, o la adaptación de su tesis doctoral, defendida en 1963 y publicada en 1971 bajo el título Sobre la sociología de Emilio Durkheim. Pero incluso éstos están aligerados de su ropaje erudito originario y son de lectura, sobre todo el primero, que desborda el marco de interés del siempre reducido círculo de los especialistas. Y desde luego la mayoría de los estudios que ahora se ofrecen reunidos responden en su génesis y presentación a esas otras exigencias de curiosidad intelectual propias del «hombre culto» que era Santiago, con una intención que remite inequívocamente a su personal condición de historiador de oficio y de vocación. Y es que, al margen de sus incursiones en el campo de la filosofía, la sociología o la literatura, e incluso en éstas, Melón se nos muestra en su obra como lo que esencialmente era: un excelente historiador de corte rankiano; o dicho en otros términos, un brillante narrador, porque para él, como solía decir insistentemente, la historia es sobre todo narración. Y en ese diálogo del presente con el pasado que es la historia, Santiago sitúa su atención preferente en un tiempo, un espacio y unos actores que pasan a constituir su propio universo de historiador.

Un tiempo: el siglo XIX, con marcado acento en sus decenios finales. Un espacio: Oviedo, la ciudad levítica, «corte en lejano tiempo», sobre la que planea la sombra académica de su universidad. Y unos protagonistas principales: los ovetenses de nación o adopción vinculados a esa Escuela Ovetense y a la primavera cultural que vive en torno al novecientos.

A la ciudad decimonónica dedicó Santiago Melón en el Libro de Oviedo (1974) un ensayo que sigue siendo en mi opinión la visión más lúcida de ese capítulo de la historia local. Y a su universidad y a los hombres que supieron elevarla a la cabeza de todas las de España hace ahora, poco más o menos, un siglo, una selecta serie de estudios que tienen el valor de clásicos y son de obligada consulta para conocer y valorar la más gloriosa etapa de la Escuela Ovetense. Cierran el elenco de escritos unas Memorias familiares –historiador de principio a fin– que el querido amigo comenzó a redactar pocos meses antes de su muerte y constituyen un contrapunto delicioso a los estudios, muchos de gran calado, todos de interés, reunidos en el presente volumen.

La relectura de esa obra escrita nos devuelve la imagen del humanista que encontraba en el pequeño universo de paisajes y hombres de un pasado, todavía no muy distante, que él recrea, el ambiente en el que más cómodamente se sentía, y al que en cierto sentido él mismo pertenecía. Seguramente Santiago Melón sentía y pensaba lo que sentimos y pensamos algunos, sin atrevernos a expresarlo con las palabras con que, hace setecientos años, Petrarca rendía homenaje a los clásicos:

La sola vista de los hombres actuales me hiere profundamente, mientras que el recuerdo, las enseñanzas, los nombres ilustres de los antiguos me dan alegría, tan espléndida e inestimable que, si el mundo lo supiera, quedaría sorprendido de que encuentre tanto placer en las conversaciones con los muertos y tan poco con los vivos.

Ha pasado un año desde que Santiago Melón nos dejó. Me lo imagino ahora en animada tertulia con esos viejos amigos del tiempo ido –Canella, Altamira, Alas, Quevedo, Posada, Pérez de Ayala, Oliveros– con los que tanto conversó en vida. Algún día no muy lejano reanudaremos nosotros también, sus amigos, los que le queríamos y admirábamos, la tertulia interrumpida por esa frontera intemporal y huidiza que separa la vida de la muerte. Acaso entonces nos complete el relato de la historia inconclusa de su familia e incorpore algún nuevo recuerdo a la biografía del abuelo Esteban.




Página actualizada el 7.2.2003