Avelino Pérez Fernández


Testimonios y vivencias de un socialista iluso. Homenaje a la memoria histórica
Edición de Cristian Rangel Valdés
Nacido en el concejo de Illano el 29 de noviembre de 1932, al poco tiempo se traslada con su familia al de Boal, donde pasará su infancia y los comienzos de una adolescencia marcada, como la propia infancia, por el trabajo. Se podría decir que, como tantos otros hijos del mundo agrario y también del industrial, pasó de la infancia a la edad adulta; y en ambas nunca dejó de trabajar.
Avelino Pérez fue un socialista atípico en una época en la que ser socialista era un orgullo que solo se podía susurrar, a veces ni eso. Atípico porque se hizo socialista en momentos de profunda depresión para las organizaciones herederas de Pablo Iglesias. Fruto de la coacción y represión del régimen franquista, los pocos valientes que se afiliaban a la lucha por la democracia desde la perspectiva político-sindical socialista, eran en su mayoría jóvenes y veteranos de un ambiente político, social, cultural y económico netamente socialista; es decir, descendientes, hijos o familiares en algún grado, de aquellos míticos socialistas que lucharon y vencieron en el campo de las ideas, pero perdieron en el de las armas contra los militares sublevados en 1936. Avelino, por contra, provenía de un entorno agrario del ala occidental de la región. Cierto es que tuvo un tío, Prudencio, que fue concejal socialista en Illano.
En un ambiente agrario de labradores que repartían su tiempo entre la agricultura y el cuidado de sus reses, el Avelino niño creció en el seno de una familia numerosa y trabajadora, en la que a la escuela se asistía cuando las labores del campo lo permitían. Conoció de primera mano, por antecedentes familiares, lo que fue la emigración a ultramar, Boal era tierra de emigrantes. La estructura socio-económica del campo asturiano no daba lo suficiente para alimentar a la creciente población de entonces; la salida natural era la emigración a las Américas, especialmente a la isla de Cuba, pues las posibilidades de triunfo, aunque efímeras, se mostraban ante los ojos de los jóvenes labradores como una posibilidad mucho más atractiva que la negritud de la minería regional. Esto fue así durante más o menos el siglo que finaliza en torno a los años treinta-cuarenta de la vigésima centuria, cuando disminuye de manera gradual, pero todavía alcanza a la generación anterior a la de Avelino; sin ir más lejos, su padre emigró a Cuba.
A la temprana edad de trece años, en 1947, Avelino toma la maleta y, tras falsificar la firma paterna, encuentra trabajo en la construcción de la magna presa de Grandas de Salime. Allí entra en contacto con la verdadera explotación proletaria. Poco después, en 1950, con dieciséis años, toma rumbo a la cuenca de Langreo para trabajar en la minería. Empieza aquí el periplo que marcará su historia y la del socialismo asturiano. Un trienio después, en 1953, un catorce de abril, toma la firme decisión de entrar a formar parte del movimiento socialista en la clandestinidad, de la Federación Socialista Asturiana y de la Unión General de Trabajadores. En esos difíciles tiempos no había otra alternativa que la fusión de facto de ambos brazos del socialismo español, político y sindical.
Tras cuatro años «en la reserva» pasa a la primera línea en 1958, tras caer la ejecutiva. En las peores circunstancias posibles, Avelino tiene que dar un paso al frente; junto a él, el veterano Prudencio Magdalena y el también joven Herminio Álvarez conformaron un pequeño triunvirato que pondría los cimientos para la recuperación del movimiento socialista en Asturias. Esta ejecutiva de circunstancias, fruto de la imperiosa necesidad, será la que consiga que, desde entonces, una nueva generación de socialistas empiece a formar parte de la difícil lucha política clandestina. Los hijos de la guerra, los que no combatieron en la fratricida lucha, llegaron a la cúspide del socialismo asturiano, cúspide no demasiado alta dada la precariedad y la represión policial que se cernía continuamente sobre ellos. Pero, pese a todo, y a que en apenas dos años los tres dirigentes darían con sus huesos en la cárcel, el camino estaba abierto. El socialismo asturiano entraba en una nueva fase de crecimiento y, pese a los continuos golpes policiales, ya no pudo ser desmantelado. Los tiempos habían cambiado; no solo el socialismo tenía nuevas caras, el país estaba comenzando a salir del aislamiento internacional gracias al decidido apoyo de los Estados Unidos de América del Norte, que vieron en España un enclave geoestratégico vital en la guerra fría contra el régimen soviético. Esto propició que en los años sesenta se entrara en el conocido desarrollismo, que cambió la estructura socio-económica del país y dio lugar a una nueva generación de jóvenes que nada tenían que ver, por las circunstancias en las que se habían criado, con los jóvenes de antes de la guerra. Aquellos jóvenes de la guerra eran ahora veteranos que desde el exilio, como consecuencia del profundo trauma causado por la derrota y el destierro, así como por la lejanía y paso del tiempo, no eran capaces de comprender la nueva realidad que estaba cociéndose en España.
Avelino Pérez, como se acaba de comentar, en 1960 pasó por la cárcel con sus compañeros de ejecutiva por actividades marxistas y desafectas contra el régimen. Año y medio aproximadamente de reclusión, la mayor parte del tiempo en la cárcel de Oviedo. Fue detenido en el País Vasco, a punto de pasar a Francia a un campamento de verano organizado por los exiliados, y tuvo que sufrir los golpes de los interrogatorios, —golpes de los que el propio Avelino apenas habla en estas páginas—. Violencia física que sus carceleros alternaban con la promesa de una vida cómoda a cambio de ser un chivato o soplón, cosa inconcebible para alguien como Avelino Pérez, cuya mayor seña de identidad personal y política ha sido la integridad; por ello pasó en la cárcel más tiempo del propio de la condena, al resultar esta menor del que llevaba encarcelado en prisión provisional. De la cárcel, a ponerse de nuevo a las órdenes del socialismo regional, ahora bajo la dirección de Emilio Barbón. Dos años más de lucha y… llegamos a 1962, el año de las grandes huelgas. En realidad, Avelino y su generación política coinciden sincrónicamente con el tiempo de mayor actividad sindical contra el franquismo; quizá no fue esta solamente alentada por las filas socialistas, pero sería injusto, como sucede muy a menudo, negar la importancia de esta generación en la lucha. En 1962 se produjeron los mayores fenómenos huelguísticos de todo el franquismo; huelgas que tuvieron gran repercusión internacional y que a nivel sindical supusieron las primeras victorias reales frente al régimen. En Asturias, como el propio Avelino reconoce, las movilizaciones no fueron impulsadas por sus correligionarios, pero sí se unieron sin dudarlo a ellas. A él le costó el exilio, previa huída de película entre disparos, salto al río Nalón esposado y vagabundeo de dos semanas por los montes asturianos, pero dejemos que sea él quien lo cuente. Tras esa salida rocambolesca, el exilio francés.
En Francia, se unió a la ejecutiva de las Juventudes Socialistas y ayudó a su revitalización tanto en el exterior como en el interior. Por generación e ideas, formó parte del grupo de jóvenes socialistas, apoyados por algunos veteranos como su admirado José Barreiro, que apoyaron la renovación del psoe y la ugt, así como la reinstalación de las ejecutivas en el interior. No fueron días fáciles, aunque sí de gran trascendencia no solo para la historia del movimiento socialista posterior, sino, y lo que es más importante, para el devenir histórico del país. En el primer lustro de los años setenta se fraguó el imprescindible relevo generacional del partido y del sindicato, relevo culminado en el famoso congreso de Suresnes en 1974. Un cambio traumático orgánicamente, pero que en realidad contaba con el apoyo mayoritario del interior. Los viejos socialistas encabezados por Rodolfo Llopis no solo no supieron leer la nueva realidad española, cosa comprensible dado su prolongado exilio, sino que tampoco comprendieron la nueva realidad del partido. La amargura del exilio, el recuerdo de tiempos pasados y el inevitable paso del tiempo jugaron en contra de quienes con dignidad salvaguardaron las organizaciones político-sindicales más importantes de la España del último siglo. El mundo había cambiado, ellos mismos habían cambiado, pero en el encierro exterior al que Franco los sometió, no fueron capaces de verlo.
En 1976, Avelino Pérez regresa a España y comienza una intensa labor sindical tanto regional como nacional. Recorre todo el país, por encargo de la Federación Nacional de Mineros, inspeccionando y ayudando a reconstruir y reorganizar en las comarcas mineras los otrora potentes enclaves del sindicalismo ugetista.
En 1977, sin buscarlo, pensarlo ni meditarlo demasiado, se vio como secretario general de la ugt de Asturias, cargo que desempeñó hasta 1979. En estos dos años mantuvo, junto con el resto de su ejecutiva, una frenética actividad reorganizativa. Había que poner en pie al viejo sindicato. Volver a ponerlo en marcha para recuperar el tiempo robado. Había que conseguir nuevas instalaciones, espacios, así como adiestrar a los nuevos sindicalistas en la práctica sindical en democracia, algo que llevaba cuatro décadas sin poder hacerse. Las huelgas proliferaron: transportes, construcción, minería, incluso entre los trabajadores del seminario diocesano; hasta en semejante, e impensada, arena laboral tuvo que mediar Avelino Pérez.
De puertas para adentro de la familia ugetista las tensiones no se hicieron esperar. Las tensiones con el Sindicato Minero (soma), pese a ser alma máter del propio Avelino, no tardaron en aflorar. El soma, encabezado por José Ángel Fernández Villa, se opuso frontalmente a la labor del secretario general de la ugt de Asturias, incluso pidiendo públicamente su dimisión. Avelino resalta que no había cuestiones personales, sino políticas, de procedimiento, de fondo y de formas. Dos personalidades opuestas en lo ético y en lo estético. Dos trayectorias dispares: era inevitable el choque entre el recto Avelino y el volcánico Fernández Villa. Finalmente, tras un fuerte hostigamiento público y privado, Avelino dejó la dirección de la ugt en 1979 en un congreso extraordinario celebrado en Mieres, a pesar de contar aún con muchos apoyos en otras ramas del sindicato. Las tensiones dentro del sindicalismo regional continuaron a pesar del paso al lado de Avelino. Se podría decir que a corto y medio plazo el modelo encabezado por Fernández Villa ganó la partida; pero a largo, y para la posteridad, así como para la historia, la batalla la tenía ganada Avelino desde el día que decidió ser socialista. La historia es un juez inmisericorde del que no se puede escapar eternamente.
Además de la labor sindical, hay que resaltar su actividad política bajo las siglas del psoe, complemento inevitable en la trayectoria de Avelino Pérez. Fue concejal del ayuntamiento de Langreo desde 1979 hasta 1991, encargado de saneamiento y aguas, labor poco grata y espectacular, pero imprescindible para el desarrollo de una sociedad moderna. Una de esas tareas de poco relumbrón, pero que requieren de personas trabajadoras al frente; actividad que sentaba como anillo al dedo al siempre dispuesto Avelino. También fue diputado en la primera legislatura (1979-1982) tras las constituyentes, por lo que estaba presente en el Congreso de los diputados el famoso 23 F; la historia es de sobra conocida por todos los lectores, pero contada con las palabras de Avelino resulta muy amena. Su desparpajo personal ameniza unos hechos que pudieron ser trágicos y, sobre todo para las generaciones posteriores, acabaron siendo cómicos.
En 1982, pese a recibir tentadoras ofertas, volvió a trabajar a la mina, labor que realizó hasta su jubilación en 1986; aunque, desde 1983, compaginó esta tarea con la de diputado en la Junta General del Principado de Asturias, cargo que desempeñó durante las tres primeras legislaturas autonómicas (1983-1995). Dejemos que sea nuevamente él quien nos desvele el final de su trayectoria en la primera línea.
Para concluir, hay que decir que la obra que aquí nos presenta Avelino Pérez Fernández es un recorrido personal, sindical y político, en el que lo sindical pesa más que lo político, pero sin llegar a existir una división entre ambos. Él se crió, políticamente hablando, en una época en la que ambas ramas fueron necesaria e inevitablemente iban de la mano. Avelino nunca tuvo pelos en la lengua, ni los tiene hoy en día. Siempre fue un militante disciplinado, ejemplar y honesto, lo cual implica ser crítico y decir lo que se piensa desde la lealtad. La autocrítica hacia sí mismo y su generación está presente, y la mirada hacia el futuro también. No es Avelino persona de creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, al contrario, como socialista que siente sus ideales, piensa que lo mejor siempre debe estar por venir; esa es la obligación que tiene el socialismo democrático para con la sociedad.
Como apunte final, al leer estas memorias políticas se debe tener presente que están escritas en el año 2012, lo que implica que, especialmente en lo relativo al panorama político, muchas cosas han cambiado desde entonces. En la mayor parte de los casos se ha señalado con una nota a pie de página los hechos en los que las circunstancias difieren mucho de la realidad de hace poco más de un lustro.