Aristóteles


Obra biológica. De Partibus Animalium; De Motu Animalium; De Incessu Animalium
Traducción del griego: Rosana Bartolomé
Introducción y notas: Alfredo Marcos

Reproducido de la introducción del libro.

Aristóteles (384-322)
El último año de la vida de Aristóteles transcurrió en la isla de Eubea. Allí, en la ciudad de Calcis, disponía de una casa heredada de su madre. La isla aparece en el Egeo, recostada sobre la fachada oriental de la península helénica, como formando el complemento de la recortada línea costera. En algunos puntos Eubea dista de la península apenas un brazo de mar. Para Aristóteles, la casa materna no estaba poblada de recuerdos infantiles; no lo estuvo ni siquiera para su madre. Probablemente los abuelos maternos de Aristóteles, griegos de origen jonio, habrían abandonado estas tierras de Eubea ya antes del nacimiento de su madre para establecerse como colonos en la península de Calcidia, que pende sobre el mismo mar Egeo, pero desde el norte. Aristóteles nació en la ciudad de Estagira (hoy Stavros), situada en la costa noroccidental de Calcidia. En Eubea buscaba Aristóteles, en las horas que de algún modo sabía finales, un lugar de asilo, una plaza segura en la que olvidar la violencia ateniense y poner en orden sus recuerdos y sus últimas voluntades.
Desde Calcis de Eubea escribió a su amigo Antípatro (gobernador por entonces de Grecia y Macedonia en nombre del gran Alejandro) que «respecto a los honores que me fueron concedidos en Delfos, y de los que acabo de ser privado, no puedo decir que me importen mucho, pero tampoco que no me importen nada». Aristóteles, hombre ponderado, siempre amante de la prudencia y del sentido común, había sido, en efecto, honrado con una placa en Delfos en agradecimiento a su minucioso trabajo sobre la historia de los Juegos Píticos. También había recibido de Atenas el reconocimiento a su labor como educador. Pero en el último año, con las noticias de la muerte de Alejandro en Babilonia, todo se le había tornado difícil y hostil. Las placas de reconocimiento ubicadas en Delfos y Atenas habían sido removidas y Aristóteles sentía el peligro próximo. La acusación de impiedad sería —fue— el primer paso y, más tarde, la suerte de Sócrates parecía esperarle.
Como de costumbre entre los griegos, la fácil acusación de impiedad no era sino la cara visible de otros motivos más hondos para el odio. Aristóteles era amigo de la corte de Macedonia, lo había sido abiertamente a lo largo de su vida, se carteaba con Antípatro y con el propio Filipo, padre de Alejandro. Esta relación venía de lejos, pues ya el padre de Aristóteles, de nombre Nicómaco, había sido médico en la corte Macedonia, con el rey Amintas III. En Atenas, por otra parte, existía un fuerte partido nacionalista y xenófobo, liderado por el gran orador y reputado demagogo Demóstenes. Los nacionalistas atenienses nunca vieron con buenos ojos la ampliación de la unidad de los griegos bajo el liderazgo de la corte de Macedonia y siempre consideraron a Aristóteles un meteko, un extranjero tan sospechoso como bien relacionado. En los momentos álgidos de Filipo y de Alejandro, sus buenas relaciones con estos le habían garantizado la seguridad en Atenas, pero los rumores sobre la muerte de Alejandro comenzaban a arreciar por el verano del 323. Además, el propio Aristóteles se había distanciado ya de Alejandro por el cruel trato que este había dispensado a Calístenes (un pariente de Aristóteles que había servido a Alejandro como cronista de sus hazañas bélicas). En el otoño de ese mismo año, Aristóteles consideró que debía ponerse a salvo él mismo y buscar un lugar seguro para los suyos.
La acusación de impiedad se basó formalmente en un poema escrito años atrás por Aristóteles. Según los acusadores, el poema divinizaba a Hermias, tirano de Atarneo. Aristóteles había pasado varios años felices y fructíferos en la ciudad de Assos, próxima a Atarneo. El motivo de su desplazamiento a esta zona también estuvo relacionado con sus desavenencias con los nacionalistas atenienses, y coincidió con otro momento de tensión entre Macedonia y Atenas. En el año 348 Filipo había emprendido una campaña contra las ciudades de Calcidia, aliadas de Atenas, y había asaltado alguna de ellas. Incluso la ciudad de Estagira fue arrasada por las tropas de Filipo. Esta tensión hacía muy difícil la permanencia de Aristóteles en Atenas. A ello se sumó la muerte de Platón (en el 348 ó 347), que dejó la Academia en manos de su sobrino Espeusipo, con quien Aristóteles mantenía serias discrepancias intelectuales. Aristóteles decidió entonces aceptar la invitación de Hermias y trasladarse a Assos.
La salida de Atenas, centro cultural de la época, fue forzada, pero durante el exilio halló Aristóteles buenos amigos, como Hermias, discípulos ávidos de aprender, como Teofrasto, y una esposa, Pythia, con la que parece que fue feliz y de la que tuvo una hija también llamada Pythia. Desde Assos se desplazó a la ciudad de Mitilene, en la isla de Lesbos, tierra natal de Teofrasto. Durante los cinco años que duró su paso por Assos y Mitilene, Aristóteles dio con el tiempo y la paz que se requieren para la observación cuidadosa de la naturaleza. De esta época procede seguramente una buena parte de su obra biológica.
Tras este período, Aristóteles fue llamado a la capital de Macedonia, Pella, para cuidar de la educación de Alejandro y también para informar a Filipo sobre la posibilidad de utilizar Atarneo como cabeza de puente en una proyectada campaña contra los persas. Pero los persas no tardaron en sospechar alguna alianza entre Filipo y Hermias. Capturaron a este y le sometieron a tortura hasta la muerte. Los planes de Filipo se vieron frustrados y Aristóteles sufrió con dureza la pérdida de su amigo Hermias. En estas circunstancias escribió el poema que sirvió como excusa para la acusación de impiedad.
La acusación contra quien fue maestro de Alejandro se formulaba precisamente cuando este se suponía muerto. La función de Aristóteles como preceptor de Alejandro ocupó dos años de sus vidas, entre el 342 y el 340. Al final de dicha época contaba Alejandro dieciséis años. En ese momento se hizo cargo por primera vez de la regencia de Macedonia, en ausencia de Filipo. Aristóteles aun temía no estar seguro en Atenas, por lo que no regresó directamente, sino que acudió con su familia y algunos discípulos a su ciudad natal de Estagira, ya reconstruida por los macedonios gracias a la mediación del propio Aristóteles.
Allá por el 335, desde su tierra natal de Estagira regresó Aristóteles a Atenas. Desde el punto de vista de vista político no podía ser mejor hora, Alejandro se había hecho ya con las riendas de lo que comenzaba a ser un gran imperio, acababa de derrotar a los tebanos y desde Atenas quienes, como Demóstenes, habían azuzado el conflicto, rendían en ese momento honores al vencedor.
La primera vez que Aristóteles pisó Atenas contaba tan solo diecisiete años de edad. Llegaba con el bagaje intelectual de quien había crecido en una familia asclepíada. El padre de Aristóteles fue médico, y en la familia materna también hubo profesionales de la medicina. En esos tiempos, los saberes de la profesión médica se transmitían de padres a hijos. Se puede suponer que la inclinación de Aristóteles hacia los estudios naturalistas se había desarrollado ya antes de su primer viaje a Atenas, de la mano de su padre. Pero Aristóteles también traía a Atenas las expectativas generadas en él por la lectura de alguna obra de Platón, probablemente el Fedón. En esta época habían muerto ya los padres de Aristóteles y este vivía bajo la tutela de su hermana mayor y del esposo de la misma, a quienes profesó siempre cariño y agradecimiento. Es probable que llegase a tener noticia de la obra de Platón a través de su tutor.
Cuando regresa a Atenas en el año 335, tras su época de viajes por Assos, Mitilene, Pella y Estagira, lo hace no ya como un muchacho desconocido, sino como un intelectual prestigioso, con una obra importante, con discípulos brillantes, con reconocidas conexiones con el hombre más poderoso del momento y, en consecuencia, sin ninguna necesidad de integrarse de nuevo en la Academia fundada por Platón.
Cuando Aristóteles llegó por primera vez a Atenas para estudiar en la Academia, Platón se encontraba en Sicilia, en uno de sus frustrantes viajes a la isla. La Academia estaba regida, en su ausencia, por el gran astrónomo Eudoxo. El contacto con intelectuales de primera línea, como Eudoxo y el propio Platón, resultaba sin duda atractivo para el joven Aristóteles. Pero al arribar a Atenas por segunda vez, ya en su madurez, la Academia se hallaba regida por Jenócrates, a quien Aristóteles consideraba de talla intelectual menor.
A veces se ha comentado que quizá Aristóteles se sintió desairado por no haber sido nombrado por Platón como su sucesor. Lejos de ello, no pudo ni siquiera haberlo esperado, ya que la gestión de la Academia llevaba aparejada la de sus bienes inmuebles en la ciudad de Atenas, en la que Aristóteles, un extranjero, se sabía sin derecho a ser titular de tal tipo de propiedades.
Además, el rumbo intelectual tomado por la Academia platónica, muy sesgado hacia la matemática, tampoco parecía atraer demasiado a Aristóteles, centrado en estudios naturalistas. En consecuencia, decidió establecer su propia escuela en Atenas. Lo hizo en los jardines públicos del santuario dedicado a Apolo Liceo, de donde toma nombre su escuela, también llamada peripatética, ya que el santuario contaba en su arquitectura con un perípato o paseo porticado.
En el ambiente intelectual del Liceo, Aristóteles debió de sentirse a gusto entre sus discípulos. Algunos de ellos ya se habían convertido en profesores y conducían la investigación en amplias zonas del saber. Por ejemplo, Teofrasto se encargó de los estudios botánicos. La dirección y orientación investigadora de un centro que ganaba prestigio, el cultivo de la ciencia y la reflexión filosófica, ambas de modo conjunto, fueron la ocupación principal de Aristóteles durante su segunda estancia en Atenas que, como la primera, también se vio truncada por problemas de carácter político.
Ahora, en Calcis de Eubea, Aristóteles escribía a su amigo Antípatro con la conciencia de que acababa de dejar de nuevo el centro intelectual del mundo, con la sensación de encontrarse solo y aislado, refugiado, como él mismo nos cuenta, en Eubea y en la poesía. Creyó Aristóteles que había llegado para él el momento de hacer testamento. A través de las cláusulas del mismo, que nos han sido transmitidas por Diógenes Laercio, apreciamos que la soledad de Aristóteles no era tan completa como él mismo parecía percibirla; atisbamos la presencia siempre cariñosa, junto al pensador, de la que fue su segunda mujer, Herpilis; apreciamos la cercanía sus hijos, Pythia y Nicómaco, hijo este de Herpilis, y de su sobrino Nicanor; adivinamos el trabajo fiel de Teofrasto en Atenas al frente ya del Liceo. Para todos ellos tiene Aristóteles en su testamento amorosas palabras de agradecimiento. Para los muertos el recuerdo: menciona a sus padres, Efestiada y Nicómaco, a los que fueron sus tutores, Arimneste y Proxeno, para los que pide la construcción de monumentos fúnebres, y a su primera mujer, Pythia, junto a la cual solicita ser enterrado. Hace también diversas observaciones sobre sus esclavos, entre ellas que ninguno de los hijos de los mismos sea vendido, que queden al servicio de su familia y que se les dé la libertad cuando adultos.
Fue Aristóteles —parece— persona de talante bondadoso y amante de su familia, amigos y discípulos, como nos lo indican su testamento y algunas reflexiones con que nos topamos a los largo de su obra, como por ejemplo las que se hallan en las páginas dedicadas a la amistad, en sus escritos éticos, o el elogio a su maestro Platón. Con sus limitaciones, con sus incongruencias, con la perspectiva de su tiempo —hoy nos parece doloroso que en su obra no haya un pronunciamiento claro contra la esclavitud—, con todo, su obra constituye uno de los grandes frutos de la creatividad humana, del amor a la realidad y al saber. Y su persona, por lo que podemos vislumbrar a tal distancia, no desmerece en dignidad.
Este hombre, que Diógenes Laercio nos retrata con ojos pequeños, piernas delgadas y voz balbuciente, que vestía cuidadamente, llevaba la barba y el cabellos recortados, este hombre que moría en Eubea con el estómago dolido, dejaba tras de sí, además de una institución prestigiosa en pleno funcionamiento y la mejor biblioteca privada de la antigüedad, una obra intelectual que aun hoy, en muchos de sus extremos, permanece viva. Aristóteles fundó y dio forma para muchos siglos a la ciencia de la lógica, escribió sobre el lenguaje, nos legó tratados acerca de la retórica y de la poética, sobre física y cosmología, en torno a la política y a la ética, escribió también sobre economía, meteorología, química y biología, reflexionó con enorme profundidad sobre el conocimiento humano y construyó una de las mejores explicaciones metafísicas de la realidad. Fue, en definitiva, el inventor de un buen número de disciplinas científicas y el fundador de gran parte de las filosóficas, en el caso de que para él esta distinción hubiese tenido algún sentido.
Tras la muerte de Aristóteles las tornas cambiaron de tal manera que Antípatro, su albacea testamentario y amigo, volvió a ocupar Atenas. Demóstenes acabó suicidándose. Las placas en honor de Aristóteles fueron repuestas. Incluso el nuevo gobernador de Atenas fue un miembro del Liceo. Y, como sabemos, bajo la influencia intelectual de esta escuela ateniense y de su fundador comenzó a cultivarse la ciencia en la ciudad egipcia de Alejandría.
Una versión novelada de la biografía de Aristóteles puede leerse en Alfredo Marcos: El testamento de Aristóteles, León, 2000.