Jorge Camino Mayor, Eduardo Peralta Labrador y Jesús Francisco Torres Martínez

Las muchas generaciones de estudiosos y de personas interesadas por el pasado que a lo largo de los siglos intentaron tener una idea cabal de las Guerras Cántabras se vieron siempre inmersas en un panorama frustrante y desolador. Desaparecida la parte que la historia de Tito Livio consagraba a este episodio, el sintético resumen de acontecimientos que nos dejaron las versiones de Floro y Orosio, por un lado, y de Dión Casio, por otro, transmite la relevancia de un suceso que es engrandecido por la épica resistencia de los pueblos indígenas y por la presencia del mismo Octavio Augusto, por más que sea despojado, con razón, del vaho propagandista que impregnaba la política personal del César una vez concluidas las guerras civiles. Sin embargo, la dificultad de ordenar cronológicamente la serie de hechos de armas y la pertinaz imposibilidad para situar en el espacio geográfico el elenco de topónimos consignados por aquellos historiadores, los únicos referentes tangibles a que atenerse, sumían los relatos en una impenetrable penumbra.

Los historiadores no se rindieron al desasosiego y desde hace siglos —los frailes L. A. de Carballo y E. Flórez ya desde los siglos XVII y XVIII— trataron de desentrañar el hermetismo de los textos apelando a suposiciones lógicas y a generosa imaginación. Con el paso del tiempo se tejieron y destejieron, así, innumerables reconstrucciones que requerían del lector no poca complicidad y abnegación. Pero ninguna evidencia material vino siquiera a gratificar los esfuerzos desplegados para ofrecer alguna recreación satisfactoria en el paisaje. Todavía a finales del siglo XX, las Guerras Cántabras constituían un capítulo evanescente que cabalgaba a horcajadas del mito inaprensible y de la simulación teórica.

Quizá por ello, por la postergación geográfica y el pequeño tamaño de estas tierras, entre las obras de los biógrafos modernos de Octavio Augusto y del conjunto de los historiadores del mundo romano, el Béllum Cantábricum no ocupa más que unas pocas líneas y aparece siempre desligado de sus consecuencias posteriores, nada despreciables en las facetas económica y estratégica del Imperio. Y es que, al margen de las parafernalias políticas del momento, la conquista no solo franqueó el acceso a los cuantiosos recursos auríferos del NO peninsular que alimentaron las finanzas de Roma durante casi dos siglos, sino que dio continuidad a las conexiones marítimas por el Atlántico abriéndolas a los traspaíses continentales del occidente europeo.

Las incertidumbres que minaban el conocimiento de las Guerras Cántabras no supusieron mayor contratiempo, por el contrario, para que este episodio adquiriese una honda repercusión tanto en la historiografía regional de los pueblos afectados, en esencia ástures y cántabros, como también en la hispana por una suerte de trasunto nacionalista. No en vano las Guerras permitieron completar la integración territorial de la Península y su primera unificación política, por más que tuviera que ser bajo la férula romana. Pero, sobre todo, dieron pie a la gestación del tópico belicoso e irreductible de los pueblos del Norte que ya gozó de predicamento por los literatos romanos; un carácter idiosincrático que, a raíz de la resistencia planteada siglos después a la invasión musulmana por esos mismos actores, sufragaría el origen del Reino de Asturias y, con los matices que se quiera, de la nación española.

Este contradictorio y desalentador estado de cosas, fue de improviso conturbado con el descubrimiento de los primeros campamentos y escenarios de guerra a lo largo del interfluvio Pas-Besaya, a los que siguieron los de La Carisa y otros del N de Palencia y Burgos, subsanando la relegación de algunos hallazgos precedentes —como los de Castrocalbón y Valdemeda— que, por la precocidad y ausencia de contexto determinante, quedaron envueltos en el reino de la incertidumbre. La plasmación de investigaciones en varios de ellos demostró la contundencia testimonial de los vestigios, así como una espectacularidad expresiva, que guardan consonancia con el destacado papel que debieron asumir en el curso de las Guerras. Y el repertorio de hallazgos no deja de incrementarse hasta la actualidad.

Puede extrañar que en los albores del siglo XXI un conjunto tan espectacular de vestigios hubiese permanecido ajeno a la investigación en un país de índole moderna. Muchas circunstancias coadyuvaron a ello y no es lugar aquí para pormenorizar en ellas. La sutilidad de muchos restos, su frecuente localización en las remotas cumbres de la Cordillera Cantábrica y la ausencia de los actuales medios de fotografía por satélite contribuyeron en gran medida. Pero no lo fue menos la disociación de muchas cátedras universitarias de Historia Antigua con los métodos arqueológicos, tanto que aún hoy algunos de sus titulares siguen sembrando de abrojos el innovador camino abierto al conocimiento y difusión de las Guerras, quizá porque nadie entre las decenas de investigadores y descubridores tenga vínculos con tales entidades, lo que no puede ser más significativo de la obsolescencia de algunas instituciones.

Tantas han sido las aportaciones que hoy, a causa del desigual estado de las investigaciones y de las identificaciones, resulta difícil precisar el cómputo total de los lugares reconocidos. Los mismos están integrados por campamentos romanos temporales que constituyen el elemento más numeroso aunque respondan a funciones diferentes, largas vías estratégicas en las que se cimentó la logística y, por último, poblados asediados que acaparan los hechos de armas. A expensas de necesarios detalles, son ya varias decenas de escenarios bélicos que, correspondientes a varios ejes de avance, se reparten por un teatro bélico de unos 60.000 km2 y en el que debieron afrontar el dominio de uno de los relieves más escabrosos y boscosos del Imperio con una línea de cumbres de más de 2.000 m de altitud. Sin duda, componen un conjunto bélico sin parangón en la agitada historia de estas regiones y parece que con igual realce en el mundo romano, empequeñeciendo los relatos de las fuentes que ahora incluso emergen hueras de las pretensiones hiperbólicas con que fueron juzgadas. Aun más, no parece exagerado afirmar que este acervo de yacimientos representa la más destacada renovación realizada en la arqueología peninsular en las últimas décadas.

Tan amplio y excepcional acumulación de testimonios arqueológicos empezaba a merecer un tratamiento específico conjunto. Llevados por los mismos reclamos, es cierto que no han faltado varios intentos individuales de llevar a cabo presurosas síntesis, pero hacía falta una reunión que conjugase las aportaciones directas de los investigadores y grupos de trabajo, para presentar una imagen general y el estado de la cuestión que investigadores y público empiezan a requerir. A fin de facilitar la comprensión espacial y estratégica de los enclaves, se ha procurado, en lo posible y respetando la autonomía de los equipos de investigación, su agrupación en escenarios bélicos unitarios. Su presentación graduada en diferentes secciones obedece en exclusiva al muy desigual estado de la investigación que han recibido y, por consiguiente, al volumen de documentación allegado, y no a ningún otro factor. Además, se ha incorporado un apartado que condensa el estudio de varios temas específicos derivados de las investigaciones en los yacimientos y que brindan nuevos enfoques históricos de las Guerras. Teniendo en cuenta que muchos detalles de las investigaciones han sido publicados, se ha pretendido que los trabajos obedezcan a una presentación sintética de la información disponible con un estilo asequible al público interesado, sin menoscabo de su rigor y calidad científicos.

A tenor del panorama que se vislumbra, es indudable que queda ingente trabajo por abordar y que los descubrimientos y el conocimiento aumentarán considerablemente en el futuro, afinando el proceso de conquista y ocupación del territorio seguidos por el ejército romano. La globalización territorial de la prospección, la determinación de la naturaleza, cronología y papel funcional de los campamentos, el reconocimiento de las vías estratégicas, los asedios y abandonos coaccionados de los poblados nativos, por no hablar de aspectos especializados relacionados con el armamento o la circulación monetaria, por ejemplo, serán objetivos inconmensurables, entre otros, que habrán de atender los estudios futuros. Hemos de contemplar, en definitiva, que los trabajos aquí recopilados suponen el primer fruto de los muchos que habrán de cosecharse en los tiempos venideros.