Fray Diego de Céspedes


Libro de Conjuros
Edición facsímil de la de 1641, limitada a 300 ejemplares numerados
Cuando Fray Diego de Céspedes, monje de San Bernardo y prior del monasterio real de la localidad navarra de Marcilla, dedicado, como corresponde y es propio de las vestiduras albas y de la devoción mariana de los cistercienses, a Santa María la Blanca, compone este libro de letanías, conjuros, rogativas y exorcismos, reina en España Felipe IV, el rey velazqueño, sensual y piadoso, que tiene de confidente y mentora a quien se llamó en el siglo María Coronel y que profesó con el nombre de Sor María de Ágreda.

En ese mismo año se imprime en Zaragoza el primer libro de Quevedo, Historia de la vida del buscón llamado don Pablos, ejemplo de vagabundos y espejo de tacaños, mientras que por esa época Marta de Nevares, la Amarilis de los poemas de Lope y el último amor de su vida, se queda ciega para enloquecer a continuación, y al mismo tiempo los grandes ojos negros de Góngora están casi a punto de cerrarse para siempre, en tanto que los huesos de Cervantes llevan una década pudriéndose en lugar desconocido.

Esta obra, tras conseguir el Nihil obstat y el Imprimatur, sufrió, como tantas, expurgaciones por parte de censores que debieron de descubrir en ella un quoque de más o de menos, o que querían incordiar con sus pejigueras al autor o, también, justificar su sueldo.

Ante todo, cualquier lector o lectora de este libro, debe tener en cuenta que no hallará en él más que oraciones que se encuentran dentro de la más rigurosa ortodoxia y que no pecan, por tanto, ni siquiera venialmente contra ninguno de los dogmas de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. No obstante, los dueños de la virtud teologal de la fe sí pueden aprender conjuros prácticos y más eficaces que cualquier pesticida de fama, para combatir plagas de gusanos, arañas y ratones, aunque hay que señalar que quizá no logren con ellos el éxito, a no ser que pertenezcan al gremio de los mistagogos, ya que sólo un profesional cualificado, perteneciente al orden de Melquisedech, es decir, un sacerdote, y además vestido de sobrepelliz y estola, y sirviéndose del agua bendita y de la Cruz, tiene el don de tutelar con altanería y voz de mando a las tempestades, enfermedades, duendes, brujas y al mismo demonio. De todos modos, sin duda tanto creyentes, como escépticos, agnósticos y ateos materialistas pueden deleitarse con las prosopopeyas referentes a la personificación de insectos, múridos, la piedra del granizo o las nubes amenazantes, a quienes el clérigo conjurador intimida y trata de exterminar con la mediación y ayuda de la Trinidad, la Virgen, los coros angélicos, los profetas, los Apóstoles, los santos, célibes o no, las santas, vírgenes o viudas, y los mártires confesores de la fe.

Por otra parte, este libro constituye también, para quienes vivieron los verdes años de la niñez y mocedad en tiempos preconciliares como educandos y colegialas en centros de enseñanza religiosos que cumplieran con escrupulosidad la liturgia, un precioso recordatorio de aquellas mañanas de primavera, cuando en procesión por el patio o el jardín que rodeaba la capilla, se pedía a Dios cantando que librase a sus fieles de la muerte repentina, del rayo, del azote del terremoto y, naturalmente, del espíritu de fornicación, algo que, por otro lado, no parecía preocupar a Fray Diego de Céspedes, acaso para no complicarse la vida, ya que el rey era un adicto al sexo que pobló de monjas bastardas los conventos madrileños.