Francisco Martínez Castrillo


Coloquio breve y compendioso sobre la materia de la dentadura y maravillosa obra de la boca
Edición facsímil de la de 1557, limitada a 300 ejemplares numerados
Tenemos que remontarnos a la España del Renacimiento para poder hablar de tan ilustre personaje. Época en la que el fenómeno renacentista rompe con el encorsetamiento medieval y la entronización del espíritu de aventura, en todos los campos, tanto espiritual, social, político y, por supuesto, científico. La medicina participa de ese movimiento renovador, y aparecen nombres tan ilustres como Vesalio, Paracelso y Servet. La cirugía y la odontología se aprovechan, así mismo, de este rico ambiente de superación y entusiasmo. Y así, un humilde barbero sacamuelas llega a ser una figura quirúrgica del siglo XVI, Ambrosio Pare.

En España este período coincide con el máximo esplendor político. Los Reyes Católicos habían abierto los caminos de Europa y América y sus sucesores, Carlos I y Felipe II, los recorren imperialmente. Es en ese momento, y precisamente al servicio de Felipe II, cuando aparece la figura de Francisco Martínez, máxima gloria de la odontología española, si tenemos en cuenta que escribió el libro sobre la materia, segundo en antigüedad mundial, y que su vigencia se dilató durante doscientos años.

Nacido en Oviedo, según señala don Fabián Rodríguez y García, agustino y cura párroco de Boljoón, provincia de Cebú en las Islas Filipinas, en su libro titulado Galería de Asturianos Ilustres y Distinguidos de 1893. Médico y cirujano en su juventud, más tarde soldado capitán de infantería y por último sacerdote ejemplar y virtuoso. Publicó en 1557 en Valladolid y más tarde en 1570, en Madrid el Coloquio breve y compendioso sobre la maravillosa obra de la boca y materia de la dentadura, donde vierte los conocimientos de la época, y sus propias ideas al respecto, en forma de diálogo entre varios contertulios.

Una de las cuatro pasiones, que, según su clasificación patogénica, contribuían a destruir la dentadura, era la toba (sarro), y a restañar sus consecuencias dedica gran parte de su libro. Etiológicamente, decía Martínez, se formaba «a base de restos de la comida de los manjares que quedan entre los dientes, donde se pudren y atraen el humor viscoso de la cabeza y otras partes, tales como el pecho, estómago o boca». Hace la más certera y clásica descripción de la letalidad tártrica sobre las piezas dentarias, aseverando, «porque es la condición del ruin huésped, apoderarse poco a poco de la posada y echar al dueño de ella».

Martínez contradice todas la supersticiones sobre el arrancamiento de la toba y sobre los instrumentos más adecuados para ello, implantadas en las creencias populares, y así aconseja los mondadientes de tea y lentisco para quitar la sustancia blanda, y el hierro, la plata o el oro, para las concreciones más duras.

Menciona, dato para la historia, el primer artífice de nombre conocido, dedicado a la confección de instrumental de higiene odontológica, Miguel Sánchez, que los vendía en el Corral de la Copera en Valladolid.

Aún más brillante se muestra en el capítulo de la profilaxis. Trescientos años antes de que fuera puesta en circulación la teoría ácida de la caries, Martínez señala el peligro del azúcar para la dentadura, aunque lo explica dentro de los cánones humorales. El azúcar, dice, «forma humores en el hígado que luego suben a la boca, y por ser pegajosos se adhieren a los dientes, impidiéndoles desahogarse de sus sustancias de deshecho». No pretende eliminar el dulce de la dieta, sino que se tomen las precauciones para eliminar los restos de azúcar pegados a los dientes, precepto moderado, moderno y válido.

Ya en la última parte del Coloquio, Martínez detalla «las reglas para confortar y conservar la dentadura limpia y recia». Habla de la necesidad, al levantarse, de frotarse los dientes con un paño de lienzo delgado y enjuagarse con agua. Después de comer, puede lavarse la boca con «vino etílico compuesto de mirra, almástiga y sangre de drago, de cada uno un real de peso y una docena o dos de granos de cebada, cocido todo en un cuartillo o dos de vino blanco y con polvo de rosas y sándalos cetrinos». Empíricamente ahí están casi todos los ingredientes de un moderno dentífrico.

Estas ideas, conocimientos y prescripciones sobre higiene bucal de nuestro máximo autor renacentista, nos dejan el asombro que todos los genios provocan al releer sus obras: el sentido de la anticipación y de la modernidad conceptual que las diferencia de las construcciones intrascendentes. Todo ello define a Francisco Martínez como un clásico de la Odontología, y un adelantado universal en el campo de la higiene y profilaxis bucodentaria. Si a esto añadimos su trascendencia, su influjo cultural y su permanencia en el tiempo, tendremos justificada la importancia de tan ilustre antecesor.